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Centros sociales: monstruos y máquinas políticas para una nueva generación de instituciones de movimiento

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Este artículo pretende acercase a las posibilidades de la nueva emergencia del dispositivo político que se conoce como centro social, en tanto que instituciones efectivas de movimiento, esto es, como instituciones de libertad, de singularidad, de potencia, de diferencia radical con el poder.

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Publicado en transforms transform.eipcp.net disponible en alemán e inglés: http://transform.eipcp.net/transversal/0508/carmonaetal/es

Centros sociales: monstruos y máquinas políticas para una nueva generación de instituciones de movimiento
Autor Real: 
Pablo Carmona, Tomás Herreros, Raúl Sánchez Cedillo, Nicolás Sguiglia

Los centros sociales okupados (CSO) han sido en las dos últimas décadas una de las creaciones políticas recurrentes en el contexto de los movimientos sociales a escala europea. En el período 1999-2004, los epicentros de la política irrumpieron fuera del centro social (CS): era el tempo del movimiento global y del no war. La innovación, la experimentación generó territorios diversos, ajenos a la lógica estricta del CS. Parecía que ese dispositivo caducaba en tanto que máquina política. Pasado un cierto tiempo, va surgiendo una nueva tipología de centros sociales, en tanto que plaza pública de subjetividades emergentes, en tanto que portadores de una nueva institucionalidad, en tanto que generadores de formación e investigación militante y de un nuevo underground cultural y político.

Este artículo pretende acercase a las posibilidades de la nueva emergencia del dispositivo político que se conoce como centro social, en tanto que instituciones efectivas de movimiento, esto es, como instituciones de libertad, de singularidad, de potencia, de diferencia radical con el poder.

Secuencia uno: la memoria. Érase una vez los centros sociales…

La llegada de la década de los ochenta dejó en toda Europa una cierta sensación de derrota y de cambio de ciclo. El segundo asalto contra el capital que había protagonizado el proletariado y las luchas sociales de los setenta  se vio desarmado ante las transformaciones económicas, políticas y sociales que se alumbraron para superar la crisis abierta desde 1973.

El pacto capital-trabajo de las democracias de posguerra se venía abajo. En la carrera por la deslocalización fabril y la desrregulación social, el poder financiero tomó las riendas de la reordenación capitalista, haciendo de las metrópolis occidentales las nuevas sedes del mando imperial. El tejido industrial en occidente estaba herido de muerte y el hecho urbano alcanzaba un nuevo protagonismo. La realidad metropolitana se convirtió para principios de los ochenta en el escenario que tendencialmente tendrían que habitar los movimientos antagonistas. Las luchas protagonizadas por los nuevos actores sociales tuvieron que resituar las coordenadas de intervención política. Si en la ciudad fordista fueron las relaciones de trabajo las que determinaron una parte esencial del conflicto, en la metrópolis posfordista fueron las luchas desde el no-trabajo las que armarían la nueva crisis de lo social. La reconversión industrial y el paro lanzaban a las calles a un nuevo sujeto desposeído de todo derecho a la supervivencia: el No Future punk, grito de rabia y sobre todo de verdad. Esta situación llevó a un progresivo declive del sujeto obrero como protagonista central de los movimientos antagónicos, pasando el testigo a las múltiples experiencias de lo social que se iban abriendo paso. En esa posición encontramos al movimiento universitario, a los jóvenes y las jóvenes en paro y a los movimientos vinculados al feminismo, el ecologismo o a la comunicación alternativa, que compartieron escenarios de conflicto con las últimas grandes batallas del movimiento obrero en lucha contra los procesos de reconversión.

Pero la pregunta central era: ¿cómo hacer política radical ante los cambios y transformaciones estructurales que se estaban produciendo? ¿Quién debía o podría encarnar esas luchas? La mayoría de las organizaciones de extrema izquierda estaban desarboladas, y la izquierda institucional, desgastada por su colaboración gubernamental, estaba quedando en el dique seco tras la victoria aplastante del proyecto neoliberal.

De esta manera, toda realidad emergente debía afrontar, para superar la situación, un doble reto. Por un lado, debía sobreponerse al declive de los aparatos de izquierda radical y, por el otro, tenía que perfilar un movimiento que supiese habitar los cambios experimentados en el contexto económico, político, urbano y social de los ochenta. Ante esta crisis hubo muchas respuestas, y una de ellas fue la reinterpretación de los movimientos autónomos. Organizados en radios libres, movimientos antinucleares, colectivos feministas, colectividades anarquistas, autónomos o en grupos punks y hardcore, se encontraron, como herederos de la derrota, con un problema central. La ciudad, hecha a imagen y semejanza de un nuevo poder neoliberal, no dejaba hueco político, social, cultural, ni físico para que estas experiencias pudiesen proliferar. En las ciudades del capital, el derecho a existir no se concretaba en el derecho a opinar o a pensar; de un modo más perverso, existir significaba “tener un hueco”: con toda crudeza, la libertad de movimiento se medía en metros cuadrados. Tener un espacio desde donde poder luchar contra el sistema era, en consecuencia, la condición de posibilidad para crear cualquier propuesta antagonista en la ciudad. Por esta razón nacieron los CSO.

La verdad es que el modelo CS tuvo numerosos aciertos, y ganó un espacio importante. Radios libres, grupos de música, espacios de discusión política y sobre todo lugares que abrían una socialidad alternativa se conjugaron en los espacios okupados, proliferando como una subcultura urbana propia, distinta y reconocible dentro de las ciudades del anonimato. Pero esa fortaleza comunitaria y colectiva, ese reconocimiento ético y estético que se daba entre los grupos de izquierda alternativa vinculados a las okupaciones, también tuvo su lado perverso. En una suerte de política de autoafirmación, los CSO quedaron encerrados en dinámicas identitarias, con lenguajes propios de comunicación y de descripción del mundo, funcionando como una facción política. En esta deriva se acotaba un entorno social, y la mirada se dirigía fundamentalmente hacia una “política del nosotros”, que a su vez generaba políticas de segmentariedad dura, de inclusión y exclusión, de dentro y fuera.

Con el movimiento global se abrió una fase expansiva y muy vital en la que una parte importante de los CS comenzaron a experimentar con distintos puntos de vista y nuevas fuerzas sociales. Una fuerza que se demostró en las cumbres organizadas por los gobernantes y que tuvo su episodio más trágico en Génova en el verano de 2001. En un ensayo general de represión sistemática, brutal y desmedida contra el movimiento global, la cumbre de Génova fue una advertencia muy clara: el capitalismo globalizado defendería con las armas, incluso en el corazón de la Europa de los derechos, el orden establecido.

Secuencia 2. No es el final: vuelven los centros sociales

Excurso. Problema: la (no) creación de instituciones de movimiento

Desde un punto de vista crítico, puede afirmarse que hoy el movimiento, los movimientos a escala europea, siguen sin ser capaces de productivizar la potencia política. A diferencia de lo que sí sucede en América Latina, en Europa no se dibuja, ni en sus trazos menores, la plausibilidad de escenarios posneoliberales, al menos en el corto y medio plazo. Es obligado por tanto indagar sobre el desarrollo deficitario de las instituciones de movimiento, la escasez de espacios donde crear, sedimentar, madurar una política más efectiva. Extrañamos una mayor presencia de instituciones de este tipo: flexibles, móviles, nómadas e insertadas en el enjambre de la multitud, que surjan del sedimentarse de movilizaciones anteriores: de la capacidad de comunicación del global movement, de la expresión multitudinaria del no war, de la intuición del proceso MayDay y de los movimientos por nuevos derechos sociales.

Surgen aquí vinculaciones explícitas con el problema propuesto por Sandro Mezzadra y Gigi Roggero, el problema de la organización: “el modelo network se practica hoy en una variante más bien débil”[1]. Y también con el planteamiento de Raúl Sánchez, sobre “el carácter de necesidad que presenta la cuestión de la creación institucional”[2]. Sugerimos, por lo tanto, que la creación y desarrollo de esas instituciones permitiría transitar hacía una strong network. Situar el debate alrededor de la creación de estas instituciones es entrar de lleno en los debates y prácticas que se están produciendo a escala europea en el ámbito del movimiento. Nuestro punto de vista no es teórico, vacío, frustrante, en el sentido de hablar de lo que no existe y podría existir. Muy al contrario, se enmarca en las prácticas políticas declinadas en presente.

Así, tomando esos datos, cuando hablamos de instituciones de movimiento lo que pretendemos es poner encima de la mesa iniciativas novedosas, reales, prácticas, que emergen, y tal vez se replican, en el contexto europeo. Que sin ser significativas, aún, en el plano numérico, sí son fugas de la repetición, son inventos monstruosos que presentan un nuevo campo político que se explora y que, a la vez, se pone a prueba en el campo social real. Y reconocemos en ellas los siguientes rasgos:

1. Son laboratorios de encuentro más estable de singularidades que tomaron y toman voz política diversa en el ciclo presente. La estabilidad, en este sentido, deviene una apuesta táctica/estratégica fuerte: facilita novedosas hibridaciones entre tales singularidades, recomponiendo y produciendo subjetivaciones diversas. A la vez, en momentos de alta dispersión y fragmentación del lazo social, se trata de espacios donde testear las situaciones, deseos y proyectos que hagan proliferar la vida compartida, la dimensión común de las singularidades.

2. Son espacios dotados de recursos económicos, que ponen en marcha una empresarialidad biopolítica, y empujan a situar su actividad política en un plano realista, a la vez creativo y virtuoso. Los altos niveles de creatividad y los circuitos de cooperación se muestran capaces de ser traducidos parcialmente hacia la producción de un excedente monetario puesto a circular de forma virtuosa: aunque sean a pequeña escala, un “welfare de base” destinado a hacer aún más potentes los proyectos colectivos.

3. Sitúan en un punto nodal la producción de discurso crítico y las iniciativas la autoformación, lo que con Sergio Bologna podemos llamar “la construcción de un sistema inmunológico mediante una inteligencia colectiva”[3]. La investigación, los ciclos seminariales y la discusión devienen elementos constitutivos que conforman estas creaciones políticas: un verdadero polo de atracción de aquellas subjetividades cuya producción de conocimiento desea escaparse a la regulación estatal o mercantil (profesores, estudiantes, profesionales, becarios de investigación, etc.).

4. Son instituciones, ni privadas ni públicas, que experimentan tipologías de gestión comunitaria a geometría variable. Plantean cooperaciones inéditas con instituciones culturales, políticas o académicas, tanto para generar renta para los diversos proyectos en curso, como para generar cortocircuitos en y a partir de las nuevas cooperaciones, intentando superar la asfixiante dicotomía entre la política de la representación y el aislamiento individualista, y poniendo en valor la capacidad de las ricas redes sociales para gestionar lo común a través de una institucionalidad postestatal.

Sin duda, existen variadas tipologías de institución de movimiento (proyectos editoriales, revistas transnacionales, dispositivos móviles/nómadas de universidad, laboratorios hackers…). Una es el artefacto que conocemos como centro social, que sigue siendo, como señalábamos con anterioridad, la forma más replicada de expresión de movimiento a escala europea, pues está presente prácticamente en todas las grandes metrópolis. Y se trata de una institución anómala, cuya dinámica forma agregaciones importantes de personas con geometrías diversas de implicación.

Atendiendo a esa posición preeminente, en el último trienio, precisamente después de la crisis  del movimiento global y el intento por superarla a través de la reterritorialización de los epicentros políticos, estamos observando una relativa emergencia de CS: singulares instituciones de movimiento, con rasgos originales. Desde ahí, plantearemos algunas tareas que estimamos indispensables para su consolidación como instituciones, como creaciones; en definitiva, como máquinas de guerra.

Final del excurso. Vuelve la secuencia 2. Rasgos de los nuevos centros sociales.

En los últimos años, estos espacios han operado en un doble proceso de deconstrucción/reconstrucción: Los motivos de la deconstrucción se hallan en la caducidad de una forma de CS identitaria que incapaz de interlocutar con las nuevas subjetividades política emergentes. Esos CS eran poco dados a la contaminación ante el nuevo virus que estaba inundado la política. Los motivos de la reconstrucción se hallan, por el contrario, en la no corporeidad de movimientos y redes existentes más allá de espasmos, por muy intensos que estos fueran: comienzan a reconstituirse CS que efectivamente están en condiciones de catalizar esos nuevos protagonismos sociales. Los centros se vuelven un interfaz útil para la política metropolitana hodierna, que persigue una porosidad y seducción en su atrezo y en sus dispositivos políticos para condensar un nuevo repertorio de propuestas y acciones. En un primer momento, el dispositivo se deconstruye, incluso haciendo caducar la forma clásica de CS para, luego, llegar a la actualización del mismo como herramienta útil.

Esta reconstrucción se convierte en verosímil cuando estos centros devienen espacios de encuentro de las formas multitudinarias de emergencia política. A través de los movimientos emergentes de los primeros años del siglo XXI, hemos constatado que efectivamente podía llamarse multitud a esos muchos que actúan concertadamente en la esfera pública. La tarea política que de ahí emerge es pensar/experimentar formas de cooperación del sujeto plural multitudinario más sedimentadas, más productivas, capaces de asentarse sobre los códigos concretos, las bandas y las subjetividades diversas que conforman la forma-multitud.

Es aquí cuando los nuevos CS se desarrollan como espacio de encuentro más sedimentado, más estable, en el marco de construcción de una gramática de la multitud. El pasaje fue hacer de la porosidad rasgo distintivo y, por lo tanto, crear espacios/dinámicas seductoras para la inclusión de grupos no directamente vinculados a la historia y la práctica de los centros sociales. En esa plaza pública metropolitana se crean distintos dispositivos que generan la máquina biopolítica que es el centro social, y consecuentemente el común: el punto de éxodo, de fuga, de la explotación metropolitana. Es una fábrica de la clase que viene, la clase que se forma[4].

1. El diseño de una programación cultural estable y de referencia en su territorio urbano. El Ateneu de Nou Barris en Barcelona es una de las experiencias más avanzadas. Las escuelas de hip-hop del Ateneu Candela (Terrassa), el Patio Maravillas (Madrid) y el Centro Social Seco (Madrid) o la Casa Invisible (Málaga) y su capacidad de atracción de centenares de creadores anónimos ilustran también esa densidad cultural. Todo ello es muestra de un protagonismo cultural creciente, portador de trabajo vivo en el terreno cultural: un dispositivo creativo, que pone en escena la creación como acto de resistencia y de afirmación, de producción en común.

2. La edición cultural bajo licencias de cultura abierta, de creative commons o de copy-left. En marcos metropolitanos de creciente mercantilización y captura de formas culturales emergentes, con un peso in crescendo en la governance urbana, el centro social deviene otro modelo, que no sólo produce cultura sino que la produce con otras lógicas, que, además de facilitar sus réplicas, las incentivan. Así, estamos delante de un dispositivo institucional de movimiento, que sustituye el esquema D-D’, la acumulación infinita de capital como prioridad, por la acumulación infinita de deseo de libertad, de creación.

3. Los nuevos CS son espacios metropolitanos que se significan en pro de la creación de circuitos de autoformación y de investigación militante, para desarrollar formas anómalas, nómadas, de aprendizaje común, en el marco de una nueva composición del trabajo cognitivo. Es así que abren dispositivos en formas de red de conocimiento, que anticipan las universidades del cognitariado, las universidades posmodernas de autoaprendizaje tecnológico, antropológico, político, como mecanismos de subversión a gran escala[5].

4. La constitución de dispositivos heterolíngües[6]. La metrópolis europea se afirma como plenamente poscolonial, multiplicidad de ciudadanos que no pertenecen. Los CS se sitúan en ese plano y devienen espacios de frontera, mestizos que se definen como luchas contra toda sutura a una identidad nacional, tanto dominante como supuestamente “subalterna”. Estos CS devienen bárbaros, apostando por un cosmopolitismo radical, dentro de una “definición de una ciudadanía que ya no esté ligada al Estado-nación, sino que sea incondicionada y universal”[7]. Se abren dispositivos para procurar ese éxodo, de cultura metropolitana mestiza: un dispositivo que encuentra en la hibridación  y la identidad posnacional un gesto inmanente de la nueva composición de clase, capaz de sobrevivir incluso a la producción de miedo y la governance securitaria de la clase política europea.

5. Nuevas formas de sindicalismo social: oficinas de derechos sociales, agencias precarias y talleres de asesoría, intentan articular formas de enunciación singulares y comunes en la vida precarizada. Hablan del trabajo, de la ciudadanía, de la casa y de la vida, de la multiplicidad de la explotación contemporánea. Afirman un dispositivo de enunciación política, de lucha, que corresponde a la época del general intellect, creando redes de cooperación a partir de saberes específicos. Los CS propician momentos informales donde compartir la declinación singular de la precariedad, donde hacer circular los consejos, donde desindividualizar el conflicto, retomando de ese modo la mejor tradición de las tabernas obreras y los espacios informales de formación de la clase. Estamos, así, delante de un dispositivo que actúa de forma recombinante, de una autoorganización proletaria de los nuevos sujetos, para procurar nuevos derechos sociales, derechos a la formación, a la movilidad, a la renta.

6. Finalmente, estos lugares ponen en marcha importantes experimentos de empoderamiento y protagonismo social en el territorio: una relación táctica y postraumática con el poder y la política de la representación que permite vectorizar la cooperación, los saberes militantes, las alianzas y  la legitimidad pública hacia conquistas concretas, para situarse como un actor en el escenario metropolitano. Es el caso de las negociaciones virtuosas en defensa de espacios okupados (Seco, Madrid; La Escalera Karakola, Madrid; La Casa Invisible, Málaga), en la redistribución forzada del dinero público (Ateneu Candela, Terrassa) en la producción de conflicto ante la violencia estatal (Casas Viejas, Sevilla; Ungdomshuset, Copenhague).

Así, la reconstrucción, el encuentro y la conspiración a través de dispositivos como los citados nos permite caracterizar a los CS, no a la defensiva, no como reservas de nostálgicos o cabreados, sino todo lo contrario: devienen dispositivos ofensivos, máquinas de guerra proliferantes, moléculas de nuevos contrapoderes sociales. De este modo, llegan a ser, y es éste su carácter más significativo, una agregación contra la explotación metropolitana: en el marco de la multiplicidad de sujetos encuentra un común en la construcción y desarrollo de unos espacios, los CS, que suponen un éxodo, otro estar en la metrópolis, otro uso de la relacionalidad propia del general intellect para crear espacios de goce, de libertad, de voice y de exit.

Estamos, por lo tanto, ante de uno de los experimentos que constituyen un ejercicio productivo contra esa explotación, que anuncian y practican un nuevo derecho social, un nuevo derecho metropolitano: el derecho a habitar la metrópolis, a significarla de otro modo, a generar una molécula efectiva de vida. Ese derecho se toma y se defiende a través de diversas modalidades propias de una geometría variable: muchos de estos centros sociales surgen de la  okupación, pero avanzan más allá de ella para ganar ese espacio a la explotación a través de formas diversas de negociación con las instituciones administrativas. Es, pues, una práctica constituyente, el centro social como derecho social, de la cuál debemos tomar nota como ejercicio del común.

Cerramos proponiendo tres hipótesis cuyo desarrollo consideramos deseable para dar un salto de calidad en la apuesta política que anuncian los CS.

Hipótesis 1. Ese encuentro y esa conspiración entre grupos diversos que se produce a partir del dispositivo centro social, y que se acompaña de movilizaciones, campañas, calendarios comunes, es un avance para una definición práctica de clase como sujeto multitudinario que busca formas propias de organización y cooperación. Se avanza así en el terreno empírico tratando de desvelar las formas de explotación conjugadas en presente, así como en el conocimiento de las prácticas que se escapan de esa realidad. Nos parece que éste es un punto central en la reflexión sobre los centros sociales de nueva generación: después de las formas multitudinarias de la acción política que en los últimos años hemos visualizado, estos centros devienen experimentos organizativos de clase, esto es, de acción política conjunta de esa multiplicidad. El centro social se entiende como una máquina de guerra capaz de lanzar iniciativas capaces de reclamar, gestar e inventar una nueva suerte de derechos sociales. Unos debates que llevan ineludiblemente a plantearse un programa de investigación/encuesta sobre la fábrica metropolitana en el seno de la cual que se producen estos CS y su vinculación con formas nuevas de política metropolitana.

Hipótesis 2. La creación de nuevos centros sociales nos muestra la plausibilidad de una política radical, a la vez que realista, en el contexto metropolitano. No es la única, bajo ningún concepto. En el último bienio, estamos observando nuevas expresiones que nos permiten intuir una nueva emergencia política para los tiempos presentes[8], que se combina con formas más imperceptibles pero igualmente políticas de rechazo de la governance metropolitana. Una emergencia que, para el caso de España, no se ha podido constatar en toda su nitidez en el período 2004-2007 [la primera legislatura del gobierno de Rodríguez Zapatero]. El nuevo escenario que abrirá el gobierno que surja de las nuevas elecciones ha de utilizarse para potenciar claramente el surgimiento de movimientos más audaces, más persistentes, más pacientes y a la vez impetuosos y virtuosos, que sean capaces de generar un ciclo largo, fecundo, feliz y gozoso que ponga en la esfera pública la batería de nuevos derechos sociales, el poder de la vida que resiste, la reapropiación de lo esencial para la vida (casa, cuidados, formación, movilidad, renta…). Nos parece que para hacer realidad ese marco, es deseable una cooperación intensa a través de nuevos vocabularios, nuevas prácticas, nuevos diagramas y diseños programáticos compartidos, entre estos CS y esas emergencias políticas que actúen a modo de propulsores de un nuevo éxodo metropolitano.

Hipótesis 3. Volviendo a los centros sociales, constatamos que esa nueva dimensión de estos espacios se está produciendo, en declinaciones evidentemente diversas, en distintos espacios metropolitanos europeos.  Nos parece que en la agenda de movimiento es deseable y pertinente la organización de una conferencia específica  para el ensayo de formas de cooperación europeas entre estos centros sociales, con circuitos de autoformación transnacional, programaciones culturales compartidas y, por qué no, formas sedimentadas de intercambio bajo la tipología “Erasmus para/con los movimientos sociales”. Eso debería ser un  experimento para situar y nombrar a escala europea el derecho metropolitano a los centros sociales, una reivindicación y una práctica de primer orden que formaría parte de la batería de nuevos derechos sociales.

Nos parece que estos rasgos y estas hipótesis definen los CS como instituciones inéditas, monstruosas, en el contexto metropolitano. En definitiva, los centros sociales de nuevo tipo son experimentos de nuevas instituciones. Es en este sentido que, obviamente sin sobrevalorarlos ni fetichizarlos, generan respuestas para los movimientos sociales actuales. Son instituciones que, igual que otras en otros campos, generan nuevos espacios de autonomía y su potencia está en su capacidad de colaboración, de cooperación con las luchas que se desarrollan en presente: hoy por el acceso a la vivienda o por los derechos de las personas migrantes. Y mañana, por otras que van a venir, que están surgiendo en el contexto, deseamos que terminal, del capitalismo neoliberal.

 
Los autores del texto participan en diversas experiencias políticas (Proyecto Editorial Traficantes de Sueños, Universidad Nómada…), así como propiamente en la experiencia de los centros sociales (CS Seco de Madrid, Casa Invisible de Málaga, Ateneu Candela en Terrassa…).  En este sentido, el texto  no quiere ser  una declaración personal, sino que pretende expresar  las inquietudes que recorren a una parte de lo que llamamos movimiento. Las reflexiones incluidas en este documento, de esta forma, se vinculan a  discusiones con muchos compañeros y compañeras, amigos y amigas, en tiempo presente. Imposible dar todos los nombres. Sí que queremos hacer una mención especial, y un agradecimiento muy sincero, a Carla Ubach y a Joan Miquel Gual por los comentarios y sugerencias que nos mandaron después de leer uno de los borradores de este escrito.

 


[1] Sandro Mezzadra y Gigi Roggero, “Singularization of the Common: Thoughts on the Crisis of the Movement of the Movements”, en turbulence. ideas for movement, 2003 (http://www.turbulence.org.uk/singularisationo.html).

[2] Raúl Sánchez Cedillo, “Hacia nuevas creaciones políticas. Movimientos, instituciones, nueva militancia”, en transversal: prácticas instituyentes, julio de 2007 (http://transform.eipcp.net/transversal/0707/sanchez/es).

[3] Sergio Bologna, “Proteger la mente o sobre la autoformación política”, en Crisis de la clase media y posfordismo, Akal, Colección Cuestiones de Antagonismo, Madrid, 2006.

[4] Véase la carpeta de textos La Classe a Venire, en Posse, noviembre de 2007 (http://www.posseweb.net).

[5] Piénsese en la Université Ouverte (http://www.cip-idf.org/rubrique.php3?id_rubrique=306), Libera Università Metropolitana (http://www.escatelier.net/), Universidad Nómada (http://www.universidadnomada.net).

[6] Sandro Mezzadra, “Vivir en transición. Hacia una teoría heterolingüe de la multitud”, en transversal: traducir la violencia, noviembre de 2007 (http://eipcp.net/transversal/1107/mezzadra/es).

[7] Judith Revel, “Nuevas experiencias de organización” (http://estrecho.indymedia.org/newswire/display/68245/index.php).

[8]

Véase V de Vivienda (

http://www.vdevivienda.net

). Existen otras que, aunque menos conocidas, menos perceptibles, anuncian una novedosa forma de acción política: la iniciativa de las madres para exigir derechos y valorización en el cuidado de los hijos y de las hijas (véase 

http://www.stylofoam.com/marato/cast/index.html

); la movilizaciones de los becarios y becarias universitarias (véase

http://uabprecarietat.wordpress.com

); o la protesta de los conductores y conductoras de autobuses en Barcelona (véase

http://comitedescansos.blogspot.com

)